jueves, 24 de diciembre de 2015

De noche



Me siento junto a ti en el sillón verde, nos miramos... Nuestras miradas chocha un segundo y al acto se alejan para fingir distracción, disimular la percepción uno del otro. Nuestros ojos se alejan, ambos se concentran  en  mirar el foco que cuelga del techo.  Te miro  de reojo, observo tu rostro; escupo una sonrisa al ver tu cara  roja de timidez.  Tú me devuelves la sonrisa. Me enamoro. Tu camisa tiene una bolsa de lado izquierdo, como si ahí hubiera una puerta hacía tu corazón: yo quiero entrar y comerlo, hacerlo mío (y lo es).  Me acerco un poco más a ti, toco tu ondulado cabello, te estremeces; sé que ahí puedo esconderme, mis dedos palpan tu cráneo; un poco más adentro está tu locura, la siento como la mía; enloquezco contigo; de pronto amo tu olor y creo saberlo todo de ti. Salimos de la habitación, contemplamos desde el balcón la oscura noche. Yo interrumpo el silencio y arrojo una pregunta a tu oído:

—Son luciérnagas, ¿verdad?
—Perdón… (mientras te humedeces los labios con la lengua)
— Son luciérnagas…Todos las miramos, revolotear como pequeños ángeles torpes en torno de la nada... bailan traslúcidas, locas, enervadas por la luz asesina del foco del balcón.
— Son hermosas como tú, brillantes como tú... (susurraste)

Busco tus ojos para confirmar lo que intuyo, nuestro magnetismo nos une, como imanes nuestros sexos se buscan; besas mis dedos y mejillas mientras escuchamos el ruido de la periferia. Pero, súbitamente nos detenemos; en seguida te tornas frío. Mi corazón excitado se rompe... Ambos entendemos que somos tal cual como las luciérnagas: bellas, intocables y que sólo brillan en la oscuridad. 


1 comentario:

Ed SQ dijo...

Muy interesante, Grecia. Tiene un toque poético y puede ser una alegoría de aquellos momentos en que estamos ante alguien que nos importa ¿o no?